
Cuando uno se encamina rumbo a casa descubre que entre la acera y la vía está el límite entre la vida y lo que algunos llaman el descanso eterno. Si es así, entonces porque negarnos ese goce sensorial del vaivén entre la vida y la desvanencia. Será para estar acalorados entre las paredes de cartón del frío primaveral que nos gobierna o quizas por el temor de perder el alma entre las calles de la ciudad que nos invita a sus brazos.
Quien no ha paseado por la noche entre las calles de Lima se pierde la dicha de la armonía entre el silencio y la calma en los ambulantes.
Lima en una calle, larga e interminable, una avenidad con la luz suficiente como para cegarnos y dejarnos amparados al calor de los pies fríos.
Esa es Lima de noche y lo segirá siendo cuando amanezca otra vez a las seis de la tarde del siguiente día para despertar a sus seres incoloros y acogernos otra vez entre sus brazos a nosotros, sus fotobóficos hijos.
Lima, 20/08/07
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