miércoles, 3 de febrero de 2010

Adicción a los trenes


Aunque en los litorales peruanos no existe más que contadas rieles y los mismos trenes son tan escasos que su funcionamiento o visualización son un acontecimiento para las familias que tienen el privilegio de verlos pasar: viajar en tren es toda una experiencia que nadie puede perderse.
Si la hora es inadecuada, sin embargo, los gusanos de metal se convierten en una maldición que permite el juego de los silencios, es decir: gritarle todo los que queramos a pulmón abierto al andante mientras en su trayectoria dibuja el acostumbrado ruino. El viaje en el maestro de los viajeros es tan sublime que, cuando se cruzan por primera vez las puertas del vagón, las historias contadas, de amores furtivos en las cabinas de servicios, y los incontables árboles, cruzando el horizonte lleno de colores, cobran la vida de una ilusión capaz de tocarnos en lo más profundo de nuestro ser. Lo que nos conduce a una terrible adicción a los trenes o dicho en palabras más honestas: nos convertimos en adictos de los atardeceres tras el cristal, del rocío limpio del amanecer, es decir, volvemos de nuestra travesía como adictos a los viajes.
Cuando viajo cobro la vida que no me permiten los horarios de mis clases y las firmas de ingreso y salida. La energía de las pisadas hacen de las calles un lugar agradable para las sonrisas y la caza de imágenes acogedoras que esperarán, luego, un marco para ser colgado. Cuando viajo solo descubro en mí la fortaleza del silencio y la belleza en una conversación tan natural como cuidadosa de no revelar información innecesaria. Cuando viajo solo soy el que nunca seré o el que siempre despreciaré. Soy un eterno enamorado que añora a su amada, prisionera de en su ciudad natal. Soy el que “inocentemente” sucumbe a las lisonjas de una compañera de viaje olvidando el juramento de amor hecho en las puertas de la estación; entonces me repito una y otra vez, fue culpa de ella, yo le dije de mi novia y a ella no le importó. Soy el emergente empresario consciente de su futuro y conectado con la realidad de su ser y su entorno; todo un buen prospecto de esposo que más de una desearía probar en la intimidad de una habitación cama doble. Soy carismático y locuaz para beneplácito de mi compañero de asiento en el vagón o en la mesa a la hora del almuerzo. Y, ocasionalmente, puedo ser yo mismo, ese auto-marginado y silencioso personaje que nadie recuerda luego de la primera media hora de conversación fílmica y tantas veces ensayada que la sorpresa se ha quedado entre los intentos.
Cuando viajo acompañado la historia es relativamente la misma con la excepción en los gestos y actuaciones porque un viaje individual permite que se juegue en diferentes papeles, pero el viaje en grupo solo te permite el cambio de frente en dos ocasiones, luego de ello se daría la imagen de inmaduro o se revelaría la vida misma. Ninguno es mejor o peor. Son diferentes como las cifras que lo conforman. Cuando viajo solo deseo la compañía de un abrazo en la foto de grupo, pero cuando viajo acompañado deseo el respeto de mis neurosis. 
Pero el viaje no es el número de tickets que necesitamos conservar o la dificultad de sacar la cuenta cuando son decimales en número impares. ¿Cómo le cobraré a mi amigo el desayuno que aún me debe del viaje a Tarapoto? El viaje es, para mí, el tiempo de desenchufarse de la ciudad o del horario. De los problemas propios de la vida y pensar en los problemas del viaje. De disfrutar de la envidia de ser estar donde todos estuvieron pero no el día en el que estuvimos.
Viajar, finalmente, es el poder que poseemos para tocar con muestras cámaras y gozar con nuestra mirada los pasos dejados en el camino.
Juhlians
28/1/10

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