martes, 10 de noviembre de 2009

Don Ramón el librero


A Julio Ramón Ribeyro

El viejo librero cerró la puerta para no atender nunca más. Era el fin de su historia. ¿Quién se acordará que en esa esquina olvidada existió alguna vez una librería? ¿Dónde y cuándo se volverán  mencionar los títulos que de joven pregonaba desde la puerta primero un ambulante, luego un vendedor de libros y finalmente un librero, todos en la misma persona? Su nombre se confunde entre los títulos de obras memorables o simples panfletos literarios y el nombre o renombre de los autores muertos bajo la gloria del éxito comercial. Hay quienes le llamaban Ramón y hay quienes le decían Román. No faltó quien le dijera Harpagón; cuando no se convenía en el modo en que se pagaría el libro; el cual podía variar desde un cheque hasta el trueque. Fue con este último modo que Ramón –llamémoslo así– consiguió una colección completa de los poemas del Siglo IV desde Teodoro Díaz “El Cristiano” hasta Cantos Mundanos del Vulgo Romano antologado por Fellipe Petri, canjeándolos por unas revistas “calientes” –porque sépanlo bien, nuestro amigo satisfacía a todos los que querían leer– Asimismo entregó un “Nombre de la Rosa” y un “Dante” por un “Quijote”, porque sabía que a veces los autores son más que sus obras, aunque en otras son los libros más que los autores, por colecciones biográficas de grandes futbolistas, cantantes o actores de 15 minutos.
Pero Ramón tiene que cerrar, y no porque la televisión y el cine (que convierte todo best seller en una película) le quiten clientela o el Internet deje vacíos sus pasillos los domingos. Aunque últimamente algo triste se pregunta ¿Dónde están aquellos días en que correteaban niños entre los aparadores buscando las Fábulas de Esopo, o gritando cuando hallaban al Principito? No es este su caso, Ramón cierra simplemente porque tiene que cerrar, porque la vida está salpicada de momentos como este; donde la sinrazón de la razón es la razón de la acción. Sin embargo, para los que necesitamos una razón lógica, Ramón cierra porque a sus setenta años ha decidido aprender a leer. Sí. Aunque nos sea imposible creer que nuestro amigo haya vendido libros sin saber leer, él se convirtió por muchos años en un gran librero, respetado por los intelectuales y admirado por lo lectores de secciones ‘interesantes’. Además, sin saberlo, en el ejemplo viviente del poder del mercado.
En sus primeros años cuando su madre desahuciada le encargó vender aquellos objetos que tan dulcemente le había prometido enseñar a cómo descifrar, lo hizo con el dolor de su corazón, pero con más sentido de supervivencia que sabiduría. Aquellos libros fotocopiados fueron su primer producto mercantil. Aquellos títulos fueron los primeros dibujos que su mente grabo, fueron las primeras palabras que conoció, pero  no como palabras sino como dibujos en papel, como grafitis en su mano.
Con natural entusiasmo infantil se lanzó a la esquina de las avenidas donde su madre lo trajo al mundo, aunque haya nacido en una posta médica él decía que nació al mundo en aquella esquina y ahí decidió vivir. Al borde del desmayo por el hambre y la vergüenza de no vender ni un libro por no saber cómo ofrecerlos; luego de haber probado todos los artificios como poner la cara de pena y decir: “cómpreme pe, para sus hijos, les gustará”, y alcanzar un libro del Kamasutra como si fueran dulces o juguetes para los niños; o peor aún, cuando se le ocurrió decir: “cómpreme señor –con un tono de complicidad– es  el último que ha salido” cuando se trataba de una edición antiquísima o de un autor olvidado. Así que se vio en la necesidad de ir entrenando a su memoria. Comenzó guardando silencio cual mudo, eso le funcionó los primeros años. Silencioso cual hijo de viento se acercó a los autos, los enseñaba con soberbia de ser el único que los tenía, atento al comentario de conductores que le podía decir: “Ah ese R... ya lo he leído, no tienes a…”. “Tienes ese C… más nuevo”, fue así que asocio la imagen de la carátula con el nombre del libro o las líneas ordenadas de los empastados en un solo color con los nombres de los autores. Los grafitis tomaron significado y familiaridad.
Con el correr del tiempo el silencio le resultaba un problema, porque la gente comenzaba a desconfiar de los mudos, por temor a no entender cuál es el precio o sentirse engañados, así que recuperó su lenguaje casi olvidado al pie del semáforo donde lloró tantas noches por el frío, dónde durmió incontables tardes cansado por el hambre. Habló y ofreció sin temor un Rojo y negro o un Crimen y castigo señalando el libro, siempre atento a lo que decía su interlocutor que le señalaba otro objeto de venta preguntándole: ¿cuánto cuesta ese Perfume de Patrick Süskind? A veces se hacia el sordo, cuando el conductor le hablaba sin señalar, obligándole a que le indicara y le reiterará el nombre para retenerlo en su prodigiosa memoria. Pasó el tiempo memorizando una veintena de títulos banales y literarios que le permitieron sobrevivir. Nunca vendió periódicos porque se dio cuenta, la vez que lo intentó, que es un arte en el que se necesita ser buen lector, sino a uno lo descubren leyendo porquerías.
Tras la muerte de su madre y con los años encima decidió dedicarse a vender en la esquina algo más rentable que los objetos llenos de papel trazado porque veía que su competencia se hacía más solvente cada día, que sus clientes se cansaban de los mismos títulos año tras año, pues le costó mucho adaptarse a los cambios en las carátulas y las formas de las líneas impresas. Sin embargo, el último día de venta vio como su competencia caía fulminada por una crisis inesperada: la policía había ganado la guerra preventiva con dos tiros de pistola liquidando la empresa de comercio, aunque en su incursión murieron dos malabaristas, llevado a la cárcel injustamente a los acróbatas y herido a Ramón junto a otros como él, sin que les importarse demasiado la suertes de aquellos desgraciados que no resultaban ser más que números imposibles de ser ordenados estadísticamente. Así fue que regresó a lo único que sabía hacer. Decidió perfeccionarse en lo que hacía, aplicar sus estrategias de memoria y silencio, esperar que su cliente le de la pista para dar en el clavo de la venta.
De adulto se dio cuenta que había aprendido casi 100 obras solo por la carátula y el grosor del objeto, pero había olvidado el amor y los amigos, o mejor dicho había sublimado su pasión, su sentido de supervivencia ante todos los placeres naturales del hombre; los amores le asustaban por su temor a no superar la muerte de la amada y perecer de la abstracta hambre como su madre; la familia lo asustaba porque no quería hijos como él y enfrentarlos a cosas como la muerte y el olvido de su padre, los amigos le recordaban a su competencia y las mujeres le parecía engañosas como las que paraban en su esquina al caer la tarde. Todo un asceta y hombre religiosamente rutinario fue en lo que se convirtió Ramón. Aunque algún beneficio le dejó, porque todos saben que el hombre solo necesita una cantidad de dinero para vivir el resto es vanidad.
El tiempo y el periodo pre electoral lo lanzaron de su casa por impuestos no pagados y recibos de servicios vencidos, aunque hombre acostumbrado a la luz de la luna y el frío de la calle se vio en la necesidad de un lugar para su mercancía sino la perdería en una batida de la municipalidad y no tendría qué comer. Es ahí cuando sus compañeros escuchamos su voz contándonos sus penas y le comentamos que el local, donde estaba la chingana y el antiguo bar, estaba clausurado por la municipalidad con letreros anaranjados iguales a los de la puerta de su casa y que la señora estaba alquilándolo. Así fue como Ramón con cara de desconfiado se entrevistó con la señora, su muestra de desinterés y su silencio hizo que la señora se sienta desconfiada y temerosa por lo que no insistió en la firma de un contrato.
El 20 de septiembre se instaló a la puerta de su local, primero en el suelo a donde llegaron sus clientes más frecuentes (jóvenes de 15 años) en busca de revistas con entretenimiento para adultos, y con el tiempo fue entrando poco a poco en su hogar, abriendo sus puertas para dejar pasar a los universitarios y escolares en busca de revistas de fotos y pinturas de retratos curiosos; los primeros no ofrecían problemas, él los dejaba y ellos solo se vendían. Ya llevaba memorizado 500 carátulas sin dudar alguna vez cuando le preguntaban.
Su primer contrato lo firmó luego que aprendió a leer su nombre o mejor dicho cuando un joven le intercambió su nombre escrito en un papel dibujado con letras góticas y mezclado con grafiti por una enciclopedia de arte contemporáneo. Desde ese día lo ensayo tantas veces y en tantos papeles que lo aprendió de memoria. Primero en el contrato de la compra del local, luego en los contratos de renta de espacio y concesión de vitrinas y muebles para las editoriales que le dejan como obsequio a fin de que promocione tal o cual libro. Es así que sus dos cualidades: su capacidad de memoria y su rutinaria vida, le permitió prosperar en la venta de libros. Lo mismo les sucede a los hombres con paciones, a los que entregan su alma y espíritu a un solo amor, aunque este sea una montaña, un deporte o la simple idea de no morir de hambre bajo el abrazo de la miseria.
Al principio respondía: “aún no he leído ese libro” cuando le preguntaban por algún título. Con el tiempo cambio de estrategia y colocó un libro medianamente grueso en el mostrador, junto a la caja, para que sepan que estaba ocupado leyendo y no le preguntasen cosas y, cuando esto sucedía, siempre respondía además del “aún no he leído el libro”, “es muy bueno” o “es muy interesante”; luego, volvía a ver esas líneas intrigadísimo por saber qué podían esconder aquellas líneas ordenadas. Una tarde al cambiar de libro de pasarela (cuando marco las primeras cinco hojas) alguien le comentó que ya había leído la obra y que le fascinó la parte que hablaba de..., y cuando el personaje hizo, pero el final que era… Así hasta que le contó toda la obra, con lo que puedo vender más libros, ya que siempre que pudo preguntó ¿Todavía no he leído ese libro de que se trata? Además nuestro muy hábil amigo se paseaba por librerías viendo los más vendidos, o mejor dicho, los mejores exhibidos interrogando a los vendedores y memorizando las carátulas que le ofrecían en la calle; preguntando a los proveedores “¿cuál es el que más está saliendo?”; escuchando en los programas culturales comentarios y opiniones, memorizando la carátula. Era un buen comerciante, aunque nunca pudo disfrutar del descubrir de cada página y de cada idea, de cada novela; nunca pudo formarse su propia forma de ver la forma de ver –el mundo–  de otro.
Un hombre solitario y sombrío, elegante y apuesto, nuestro Ramón perdió la oportunidad de casarse en tres ocasiones debido a que no supo qué decía ese papel perfumado que le había dejado aquella bella señorita, aunque siempre guardó con nostalgia cada carta, y pensaba que triste es la vida del hombre al que no se le puede decir las cosas cara a cara, que se necesita de un papel de por medio.
Ahora le echa candado a la puerta, mira por última vez sus estantes vacíos como la primera vez que abrió la tienda; cuando tenía que acomodar los libros, los cuales fue colocando, venciendo su incapacidad de leer, de acuerdo a los colores o dibujos que pueda tener la pasta. Aunque fue un caos al principio porque cuando los lectores encontraban un Quijote entre las manuales de economía y lo movían a los de literatura; o cuando movían de los libros delgados las revistas de deportes para ponerlos con las enciclopedias para niños; o cuando escondían los playboy debajo de las revistas de caballos el pasaba noches enteras reorganizando su universo por formas y colores. Hasta que la fuerza de la costumbre o aquel momento de pereza que todos tenemos le hizo dejar todo como estaba. Además sabía a simple vista cuáles eran novelas y cuales libros académicos, el tiempo le permitió memorizar 1000 carátulas. Ahora se entrenaba con las líneas impresas en carátulas de un solo color, veía las palabras como dibujos repetidos que se mezclaban en series formando nuevos dibujos que hacían referencias a títulos o autores. Para algunos, tal vez, esto es leer, sin embargo leer es descubrir lo que otro vivió, pensó o sintió, no simplemente descifrar lo que escribió, es por eso que  Ramón nunca pensó que supiese leer, es por eso que sus paredes nunca presentaron una frase escrita por él: un anuncio de cerrado o abierto. Nada que no fuera remotamente memorizable o memorizado.
La moda determinaba la ubicación de autores y libros, así Joyce estuvo, siempre al alcance de la mano, a fines de año cuando las alumnas del colegio iban a buscarlo o Sartre, que era dueño de Junio cuando las universidades pedían su lectura; además su buena memoria le permitió retener el lugar donde colocaban el libro luego que le preguntasen, por ejemplo: ¿Cuánto cuesta El Perfume de Patrick Suskind aquel que tiene una rosa y un frasco de fragancia en la tapa? Tan familiar se hizo la librería que por muchos años los libros se vendieron solos, y la clientela se acostumbró al orden cósmico de los libros en La Librería de Ramón; quién con sólo la pasta, la cantidad de hojas, la emoción de un lector frente al libro podía determinar el valor del mismo, lo que le permitió adquirir obras valiosísimas. Porque un buen comerciante también estudia a su cliente y sabe que el buen lector es capaz de dejar de comer por meses para adquirir el último título de su escritor favorito. Sabe que los niños pueden dormir en la acera en busca del nuevo título de aquel chico de anteojos.

Al fin da la vuelta, lleva la cabeza baja, como si los años le pesasen, como si las voces de los que descubrieron que no sabía leer lo siguiesen atormentando; aquellas palabras llenas de rencor y de odio, porque se sintieron engañados por alguien “inferior” a ellos, tal vez las calumnias le hicieron cerrar el negocio, pero se lo niega con la cabeza. El cierra porque a sus 50 años quiere aprender a leer. Lleva en brazos un libro: “Sólo para lectores” donde está el verdadero motivo para su afán: descubrir –mejor dicho leer– su nombre en el título (tal cual se lo dibujaron años atrás) en uno de los cuentos del libro. Lento se dirige a la noche encendiendo un cigarrillo más por temor que por vicio, le sonríe a los cincuenta años que no ha fumado. Ramón llora, llora emocionado como un niño rumbo a su primer día de clase.