Hace poco vi
Medianeras, una comedia romántica argentina. De esta película tomaré 1 minuto
para ejemplificar este post.
¿Cuándo de cierto
hay en la afirmación: “La depresión, el sedentarismo, los suicidios, etc. etc.
son responsabilidad de los empresario de la construcción”?
Esta película fue
la primera que vi cuando me mudé a mi nuevo departamento el cual lo escogí
luego de haber sufrido experiencias imborrables como aquel cuarto que tenía una
gran ventana, pero que daba a una mercado por lo cual se hacía imposible de
abrir para evitar el olor a pescado; incluso las cortinas debían estar cerradas
pare evitar ver cómo matan a los pollos o maquillan las frutas. Tan mala esta ventana
como aquella otra que tenía una escalera atravesándola, por lo que se dibujaba
una sombra tétrica en la casa y aunque los vecinos no veían nada del interior
(si querían hacerlo debían inclinarse) siempre me sentí como en una prisión con
el carcelero dando vueltas.
Así que busqué y
busqué, entonces me topé con un departamento que bien podía funcionar para
aquellos que querían estafar a los seguros contra accidentes, pues la escalera
de acceso tenía los peldaños muy angostos, sin la altura adecuada y con una
tendencia a resbalar todo lo que la cruzara; juro haber visto un gato y perro
patinar por ella. Más de una ocasión estuve a punto de usarla más como tobogán
que como escalera. Para más inri, el departamento estaba en uno de los pisos
altos. No obstante tenía una vista
completa de la ciudad, aunque esto solo era posible una semana al año, en la
semana más calurosa del verano, en la semana en que toda la gente se mudaba a
las playas o casas en el campo para evitar derretirse con sus casas.
El departamento se
siente como en la nubes, me dijo la agente inmobiliaria, y en verdad al amanecer
uno se veía literalmente en medio de las nueves porque la neblina se paseaba
por la ventana saludando con su fría sonrisa a todos los valientes inquilinos
que nos asomábamos, envueltos en los edredones, a ver el amanecer gris que se
dibuja en el cielo blanco. Debo confesar que ese depa si me gustaba porque tenía un poco de peligro (las escaleras)
y un poco de romanticismo (la neblina), pero tuve que cambiarme porque algunos
rasgos de la depresión se fueron manifestando en mí: el aislamiento.
Debo decir, además,
que siempre salí de mis alquileres porque el ambiente me iba empujando a alguna
de esas cosas que acaban en el suicidio. Una casa no es solo un lugar para
dormir, no debe bastar con tener un dormitorio y una cocina, debe ser un lugar
para vivir… si se acabará el mundo no me gustaría tener que pasar mis últimos
momentos metidos en una caja de zapatos.
De los pisos altos
pasé a los medianos y robustos, de frente ancha, con un patio interior, casi
una quinta. Pero aquí duré menos porque soy un hipersensible con los olores y
los ruidos. Tengo el sueño ligero; la nariz super desarrollada (casi un Jean-Baptiste
Grenouille). Por eso me fue imposible entender por qué habían colocado las
cocinas junto a la ventana interior. ¿No conocen, los arquitectos, las campanas
extractoras? Creo que preferiría el ocasional olor a desinfectante que sale de
los baños y las vocecillas cantarías de los vecinos en la ducha al ensordecedor
ruido de las licuadoras, las sartenes con aceite caliente, todo mezclado con
especias y comidas de diferentes latitudes.
Pasé de la Babel a
Alcatraz, porque el siguiente apartamento que encontré tenía el pomposo título
de antisísmico, con paredes tan gruesas que colgar un cuadro significaba
utilizar un juego de brocas y un taladro nuevo. Aunque se podía tener un
concierto de rock alternativo o una secta religiosa en la sala sin incomodar a
los vecinos. Al final, y por eso me mudé, uno se figuraba en una celda de
aislamiento. Lo más rico de un departamento son los ruidos de los vecinos a
quien reconoces por lo que escuchas más que por sus rostros. ¡Como extraño al
señor licuadora 2 a.m.! ¿Alguien me recordará a mí como Don limpieza total por
ser fin de mes?
Podría seguir
infinitamente mencionando las cosas difíciles de vivir en tal o cual lugar,
hablar de los increíbles beneficios de un balcón de 1 metro cuadrado o de las
maravillosas manifestaciones en el alma cuando las dimensiones de un baño son
las exactas; no muy grande que limpiarlo sea un fin de semana ni tan pequeño
que la ducha bañe el escusado, Por cierto querido lector
¿Cómo han sido los departamentos donde
les han tocado vivir?
El real motivo por
el que escribo esto es porque quiero saber si ¿Los arquitectos llevan cursos de psicología? Si no los llevan,
creo que deberían para tener una idea de cómo se ve afectada la psicología de
las personas al tener que vivir en un ambiente como una caja de fósforos o un
vivero. Me parece importante que los arquitectos puedan presentar estructuras,
ecológicamente amigables así como psicológicamente motivadoras.
Te imaginas que tu
trabajo, sea cual sea, sea una obra de arte, un lugar a donde quieras llegar y
jamás salir. Con luz en el verano, con calor en el invierno. Claro que todos los
arquitectos buscan, tengo fe en ello, el ambiente perfecto; incluso a veces lo
diseñan, pero son los constructores los que modifican para hacerlo viable, o
somos los inquilinos lo que colocamos una ventana por aquí o una escalera por
allá. ¿Qué más estrés que el que no producimos nosotros mismo?
Los mejores diseños
que se encuentran en la red de la casa soñada comparten una característica
única: “es personal”. Aunque estos son pocos y siempre son
económicamente menos viables para la industria inmobiliaria, creo que son los
que mejor responden a una psicología del morador. Pero ¿qué es la psicología
del morador? ¿Tiene responsabilidad real el arquitecto en mi estado de ánimo?
¿Podría demandar a una constructora por daños psicológico?
No hay comentarios:
Publicar un comentario